Por Robin Santana, Editor Hace un año que estoy escribiendo estas notas y no termino.
Déjame decirte que sé muy bien que te enojabas cuando se hablaba mal de
Juan Bosch, y yo lo hacía, no porque me caía mal el caudillo vegano,
sino por verte a ti, transpirar fuego por tus pupilas y por tu cara
seca, como siempre la tuviste: de niño que nunca envejeció. Te quedabas
mudo cuando te preguntaba qué buscabas en el PLD si tú no eras
circulista ni te gustaba andar leyendo libritos de política. Aun me rio cuando me acuerdo de lo que hizo Antonio Malaga:
que iba de la capital hacia Nizao en su camioneta y por ahí, por donde
está hoy la Cárcel de Najayo, vio a un loco que iba caminando por la
calle y lo subió a la camioneta. Lo llevó a Nizao y le dió de comer en
su restaurante Hermer. Lo vistió, le dió cervezas, y al atardecer, al
volver hacia la Capital, lo dejó en el sitio donde lo encontró.
Hablabamos tanto de eso que un día Loco Manso se enojó con nosotros. No te preocupes por nosotros, pues tú no nos debes nada. Más
nosotros te debemos que nos haya enseñado la lealtad a los
amigos, a amar las artes, a no permitir que los problemas nos hagan
bajar la guardia. A perseverar. A compartir los conocimientos, como
cuando abriste esa escuela de dibujo en la escuela Aliro Paulino con
Johnny Segura, con esos modelos de yeso como los que están en la
Escuela Nacional de Bellas Artes, nuestra escuela adorada. Yo sé que no te gusta que te lo mencione, pero aun me acuerdo
de cuando desesperado acudiste a mí para que arreglara el letrero del
bar de Miriam, en Don Gregorio, pues escribiste ‘Paraizo’, y Glovis
Reyes andaba como loco contigo por ese error. Aun así, hiciste varias
banderolas cuando Glovis aspiraba por primera vez a diputado en 1986. Aun siento el calor en mi espalda de ese sol capitalino que
todo lo derrite, allí, en la pared de Almacenes Caracas; en el techo
del Supermercado Dragón de Oro; en Sebelén Bowling Center cuando era
sólo una excavación llena de barro y un tráiler donde vivían unos
haitianos; en el Supermercado Gigante por allá en la avenida
Charles de Gaulle, o las banderolas de la Zona Colonial. De
la calle Sánchez esquina Malecón recuerdo al vendedor del triciclo
despescuezando los cocos con su machete afilado y los pescadores
empinados en las rocas hasta que sus figuras se perdían en la oscuridad
de las olas al anochecer, cuando el Malecón se transformaba, como
vedetto, en prostituta. Entonces caminaba yo, rumbo a mi trabajo en el
Listín Diario, pero antes paraba en el estudio de Johnny, detrás del
antiguo local de la Universidad Santo Tomas de Aquino, a hablar. A Guillermito lo vi en la parada de las guaguas de Nizao, en
la Duarte, y me preguntó por dos personas: por ti y por mi tío Carú.
Nunca te lo dije porque después de eso, cuando te vi, estaba tan alegre
de que consiguieras ese trabajo en la ODC y de verte en esa camioneta
grande de funcionario público, que se me olvidó. Te invité a pasar y
tú, como siempre, me dijiste que no porque andabas de prisa. Sin
embargo, hablamos casi dos horas frente a mi casa y me presentaste a
tus hijos ya grandes, más grandes que tú, que si no fuera por tu cara
de niño viejo, no los reconocería. Con Johnny me sentaba a murmurarte, pues como todo amigo
celoso, tenemos la debilidad de querer que los amigos vivan sus vidas
de acuerdo a nuestros parámetros. A él le dolía algunas cosas que tú
hacías y se quejaba de que te decía que no afanaras tanto y tú no le
hacías caso, porque Johnny es tu amigo de verdad. El día de Año Nuevo me dijeron que te habías ido y
pensé que era un chiste. Me dijeron que fue jugando con uno de tus
niños y no lo creí. Me dijeron que fue en tu casa en Santana
y no sabía que te habías mudado. Gian, a Daniel Pineda lo vi en el cementerio el 4 de enero y me quiso hablar. Le saludé pero no hablé con él, pues no quise que señalara tu sepultura.
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Diciembre 2009 .