Por Robin Santana
Boy ha sido criticado duramente por no haber participado en la ceremonia de juramentación del nuevo alcalde el 16 de agosto. En realidad él no es el primero en no asistir a la entrega de posesión, pues nuestro primer sindico, Salvador Pérez, se desapareció el 16 de agosto de 1994 y fue Porfirio de Jesús Pérez, quien para entonces era el suplente del síndico, quien llenó los requisitos de rigor.
Boy es criticado por este hecho, y quienes lo hacen, lo toman muy a la ligera. Yo no lo justifico, pero lo entiendo. Entiendo el por qué Boy no se presentó el 16 de agosto a los salones del ayuntamiento a cumplir con su parte en el proceso democrático.
Yo lo entiendo. Y no es porque Boy sea un político resentido y rencoroso, de esos que no van a las entregas/tomas de posesión por no estar junto con los adversarios que los derrotaron, en su caso, con todo y la maquinaria del PLD/Gobierno. No. Lo de Boy fue otro asunto que tiene que ver más con el pudor y la vergüenza que con darse las manos con los contrincantes. En política eso se ve todos los días: que los contrarios se juntan para firmar acuerdos, que por cierto rara vez cumplen. Eso se ve a diario en política, por lo que Boy, en otras circunstancias, hubiera dado la cara.
Recordemos que cuando Boy andaba en campaña para su primer periodo, gritaba con toda la prepotencia del mundo que “son doce años” con un coro de beberromos en el fondo a ritmo de merengue que gritaba “E’toe’ pa’ Boy”. Sin embargo, no fue por prepotente que el síndico saliente no asistió a la ceremonia. Y yo lo entiendo.
Entiendo que cada ser humano tiene derecho a evitar hacer el ridículo. Si Salvador Gómez hubiera asistido a la juramentación de Glovis Reyes, Indira Paulino Lora, y de los regidores, se le hubiesen salido las lágrimas. Hubiera llorado como un niño a quien le han arrebatado un juguete; hubiera llorado como cuando uno pierde un ser querido; hubiese llorado como si le hubieran arrancado algo de sí; hubiera hecho el ridículo delante de las todas las personas que estaban allí, y hasta el día de hoy hubiera sido el hazmereir de Nizao. Pero no fue así, pues Boy no se presentó, y en cambio sufrió solo en su casa. No se presentó pero lloró cuando vió que se llevaban los equipos del ayuntamiento de por los alrededores de su casa, se había acostumbrado tanto a ellos que pensaba que eran de su propiedad. Por eso lloró como cuando un adolescente pierde una novia.
Yo lo entiendo, entiendo que no haya querido ir a hacer el ridículo al ayuntamiento, pues no iba a tener la fuerza suficiente para contenerse, debido a que Boy creyó que el ayuntamiento era de su propiedad y el pueblo le hizo ver cuán equivocado estaba. Él no estaba preparado para una derrota, pensaba que era dueño de la voluntad de los votantes, quienes se hartaron de él y lo castigaron en las urnas. Ni siquiera le ayudó haber sido apoyado por el partido mayoitario, el PLD. Eso da motivos para llorar. Y él entendió que su mal manejo hizo que los votos se alejaran, que perdiera las elecciones, y por ende su puesto. Da ganas de llorar entender eso cuando ya es muy tarde, cuando el barco se ha hundido y no queda ni siquiera una tabla para mantenerse a flote.
Agosto del 2010.